
Hablar de la historia de mi hija Ana Emilia es hablar de uno de los momentos más difíciles y transformadores de mi vida como mamá.
Cuando tenía apenas un año y empezó a caminar, notamos que algo no estaba bien. Después de múltiples consultas y opiniones distintas en Saltillo y Monterrey, recibimos el diagnóstico: displasia de cadera luxada. Fue un golpe inesperado. Nadie lo había detectado al nacer ni en revisiones previas. De pronto estábamos frente a decisiones médicas complejas, cirugías invasivas y costos que nos abrumaban.
En medio del miedo, la incertidumbre y estando además embarazada de mi segundo hijo, llegamos con el Dr. Luis Jesús Ramos Alday.
Recuerdo perfectamente aquella primera cita. Yo no quería que operaran a mi hija. Con lágrimas en los ojos le dije:
“Pobrecita… que la tengan que operar.”
Él, con una calma y humanidad que jamás olvidaré, me respondió que la verdadera compasión no era evitar la cirugía por temor, sino darle la oportunidad de una vida plena. Nos explicó que, de no atender la displasia a tiempo, el desgaste de su cadera con los años sería mucho mayor.
En ese momento comprendí que no estábamos frente a un doctor cualquiera, sino frente a un profesional y gran ser humano que veía a sus pacientes como lo que son: hijos de alguien.
No solo nos explicó el procedimiento con claridad y paciencia; nos acompañó emocionalmente como familia en una de nuestras etapas más vulnerables. Nos preparó para lo que venía cuando como padres aún no estábamos listos para aceptar el diagnóstico.
La cirugía fue un éxito. El equipo médico y humano que participó fue extraordinario. Vivimos meses retadores: yeso, cuidados especiales y terapias constantes.
Dos meses después de la operación nació mi segundo hijo. Gracias a la experiencia previa, el doctor le realizó oportunamente su tamiz de cadera, confirmando que la detección temprana puede cambiarlo todo.
Hoy, casi ocho años después, mi hija corre, juega y vive sin limitaciones. Cada paso que da es un recordatorio de lo que significa recibir atención médica oportuna y humana.
Para mí, la displasia de cadera era algo totalmente desconocido… hasta que la viví. Y sé que muchas familias atraviesan lo mismo con miedo, desinformación y recursos limitados.
La displasia de cadera detectada a tiempo es tratable. Ignorada, puede convertirse en una limitante de por vida.
Esta Fundación busca generar conciencia, promover el tamizaje oportuno y apoyar económicamente a familias que no cuentan con los recursos necesarios para un tratamiento adecuado.
Invertir en salud infantil es invertir en el futuro de nuestra sociedad.
Su respaldo puede traducirse en diagnósticos tempranos, cirugías exitosas y niños con una vida plena.
Hoy los invito a formar parte de este compromiso social que transforma vidas desde la infancia.
Con profunda gratitud,
Diana Lucía García Berlanga
Saltillo, Coahuila